“El chico de los sueños rotos”

Querido diario:

Muchas veces he perdido la razón por una mujer que ha pasado por mi corta vida y ahora tengo el temor de que me vuelva a suceder pero aún sabiendo que me dolerá, lo intento razonar.

Si Dios, por mera casualidad, existiera se daría cuenta de que en cada coito buscaba que no se quedara solo ahí, como un clavo hincado en una madera, si no que llegará a ser algo más que un momento de placer. Pero, al parecer, no ha llegado mi momento todavía y cada vez que me imagino con el cielo despejado, una insolación sufre mi mente y vuelvo a caer en ese oscuro pozo en el cual no me dejan usar nada más que mi extremidad superior derecha con un lápiz adherido y una libreta a rayas enfrente, forzándome a escribir sentimientos enfrentados que me hacen llorar tanto que mis ojos sufren de sed hasta que me libero de todo mal recuerdo, consiguiendo alcanzar un estado que transforma el suelo más rugoso en un camino de felpa y cada lágrima expulsada en un rayo de felicidad, haciéndome sentir cual hombre con corazón nuevo, pero que observa con miedo desde un lejano mirador cada dolorosa estalactita colgada en mi cavernosa memoria.

Ojalá pudiera caminar siempre por un riel predeterminado y no tuviera miedo a volver a fracasar y olvidarme de tirar el azaroso dado que es tomar nuestras propias decisiones, siendo su final tan distinto que me puede sumergir y adherirme al fondo del mar como un alga o acabar colgado en una cruz, como si todo lo realizado hasta esa fecha fuera delito.

Mi mejor amigo me dijo en una ocasión “el sol no mata, pero duele”. Al principio me reía, pero al fin he visto que lleva más razón que un rey en el medievo, porque por el día recorren mi sien las noches con olor a menta en una habitación que no es la mía, mi sueño incumplido de tener un hijo con esa persona que aparece en todos mis sueños, es momento tan gesticulador en el que ella y yo nos pedíamos una soledad compartida…

De momento reina la arena, donde antes casi todo era cal, en todos esos momentos señalados por mi absurdo dedo que sabe tocar donde duele, como una loba cuando atacan a sus crías, pero que con el paso del tiempo esos recuerdos se volatilizan muy lentamente, como si fuera una nube, porque cada una de sus miradas dejaron marcas diferentes, haciéndome carecer de compañía a la hora del té, de un pie de mi gusto con el que juguetear en la oscuridad, de los jerseys de lana sin nada debajo en pleno invierno o de montar con su compañía cada mueble de nuestra futura casa, ya inexistente.

Puede que me encerrara en una historia tan bonita que volver a sufrir otro triste final no me dejaría intentar caminar hacia adelante.

Todo lo escrito es una aproximación a lo que tengo dentro en muchos momentos, algo con ganas de ver la luz y que nunca dará ese salto, porque esta hoja si no sigue en este diario se enterrará junto a las raíces del árbol donde nuestros nombres están marcados en su tronco.

Ella y yo.

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